Ellos dos pasaban quizá el momento mas decepcionante de sus vidas. Había puesto toda su confianza en él durante mas de 3 años; desde que tienen memoria habían oido la historia de que un día un hombre llegaría, un “siervo de Dios”, uno distinto a todos los demás. Habían escuchado a los rabinos diciendo que él sería “Grande, Hijo del Altísimo”… Cuando lo conocieron, esa descripción que oyeron desde niños no coincidía mucho con lo que veían; pero entonces le vieron sanar al primer enfermo. Y fue el primero de muchos mas; y no solo vieron que sanaba enfermos, le vieron liberar endemoniados, resucitar muertos, alimentar multitudes. Una y otra vez las maravillas aumentaban, y con ellas, la expectativa.

Seguramente él sería el Mesías, el Salvador, el Libertador que Israel esperaba. Ellos habían decidido seguirlo, estar junto a él; ello seguramente implico el rechazo de sus familias, señalamientos de sus amistades… Pero no importaba, definitivamente algo estaba pasando, y Dios les estaba ofreciendo a estos dos la oportunidad de verlo de cerca. Cuando finalmente llegaron a Jerusalén, había un alboroto increíble: la ciudad literalmente se paralizó. Unos felices y otros molestos, pero todos se dieron cuenta que Él llegaba. Entonces el panorama cambió, lo apresaron, lo golpearon, lo latiguearon… lo crucificaron.

¿Y ellos dos? Ellos se quedaron solos, con tantas dudas, como huérfanos. Hasta esa mañana. Caminaron, y uno se acercó; era como cualquiera otro forastero, pero al mismo tiempo distinto. No se dieron cuenta que caminaban justo junto a aquel que habían seguido tantos años, pero algo si pasaba: su corazón ardía. Hasta que partiendo el pan, desapareció… Pero algo si cambió, la esperanza regresó a sus vidas, eso es el evangelio.

Pastor Hugo