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En busca de la joya pingüina

En busca de la joya pingüina

Cuento infantil para mis hijos.

Ésta es la historia de dos pequeños pingüinos: Alejandro y Agustín. Ellos eran hermanos, pingüinitos del polo sur que eran muy intrépidos. Alejandro era el mayor, corpulento y alto, de carácter noble; Agustín era el menor, flacucho y aguerrido. No me pregunten por qué, pero un día el mundo estuvo en peligro de desaparecer (así como lo oyes, aunque suene imposible). Y, ¿adivinen en manos de quien estaba el destino y la supervivencia de todo lo que existe? ¡Exacto! En las manos de esa pequeña tribu pingüina que vivía en el polo sur.

Pues resulta que entre todos los pingüinos residentes en el polo sur corrió el rumor de que la  hecatombe podía ser evitada si tan solo alguien viajaba a Pingüinolandia para obtener la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban para salvar al mundo). Y como era de esperarse, Alejandro y Agustín emprendieron el viaje para encontrar la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban para salvar al mundo).

Pensaban que sería un viaje sencillo, pero no. Lo primero que encontraron fue un puente colgante, a cuyo fondo se encontraba (inexplicablemente, pues estamos hablando del polo sur) un rio de lava (no me pregunten, a mi me contaron la historia, solo soy el mensajero). El asunto es que el dichoso puente colgante se encontraba en malas condiciones, casi cayéndose pues. Agustín trató de cruzar primero (aguerrido al fin), pero tan pronto como puso un pie de mal modo en la madera del puente colgante, la misma cayó hasta el fondo del rio de lava. Volteó asustadísimo con Alejandro su hermano, y éste le dio las palabras sabias que había escuchado de la abuela de su vecino Cleofás: “Tranquilo pingüinito, todo está bajo control”. Al instante tomó la iniciativa de cruzar, precavido, con cuidado poniendo un pie delante probando cada madera para poder cruzar, y su hermano Agustín iba detrás de el… Finalmente pudieron cruzar el rio de lava.

Avanzaron unos cuantos kilómetros más, y notaron que la única manera de seguir hacia Pingüinolandia y obtener la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban para salvar al mundo) era atravesando un lago congelado. Alejandro caminó seguro al frente, uno… dos… tres… cuatro pasos… hasta que al quinto paso, el hielo comenzó a estrellarse. Al instante volteó asustado con su hermano Agustín, y temió por sus vidas. Agustín, quien era mas ligero, decidió ir delante, no sin antes voltear con Alejandro y decirle: “tranquilo pingüinito, todo está bajo control”. Las pequeñas patas de Agustín iban cerciorándose que podía pisarse sobre el hielo y así ambos hermanos pudieron atravesar el lago. El recorrido fue bastante lento, pues tardaron dos horas y cuarenta y tres minutos en llegar a la orilla.

No pasaron ni cinco minutos cuando una terrible tormenta de nieve los alcanzó. Era tan terrible que era capaz de mover al pequeño Agustín mientras caminaba. En una ocasión el viento casi levanta al pequeñín, quien se aferró a su hermano Alejandro y asustado le dijo: “¿Qué vamos a hacer?” A lo que Alejandro respondió: “Tranquilo pingüinito, todo está bajo control”. Alejandro, el corpulento pingüino empezó a caminar adelante, y su hermano pequeño (quien para este momento ya se había arrepentido innumerables veces de haber emprendido tan increíble viaje) caminó agarrado de las plumas de su hermano. Durante una hora y cincuenta y dos minutos caminaron enfrentando la tormenta, todo para finalmente llegar a la orilla del mar.

Parece que nadie les advirtió que el lugar este llamado “Pingüinolandia” es en realidad una isla que se encuentra al sur de la Antártida (no me pregunten cómo es esto posible, pues se supone que no hay nada mas al sur que el mismo sur, pero asi me lo contaron, y no me voy a poner a discutir). El chiste es que la dichosa isla se encontraba al sur, y para llegar allí necesitaban nadar, y nadar y nadar… El problema es que Alejandro era malo nadando contra corriente; sin embargo Agustín era un buenísimo nadador. Así que ante la situación, Agustín volteó con su hermano y le dijo (supongo que ya saben): “Tranquilo pingüinito, todo está bajo control”. Nadaron Agustín y detrás Alejandro, y después de un rato (no se exactamente cuanto porque para estas alturas ya ninguno de los dos tiene tiempo de revisar cuanto tiempo llevan de recorrido) llegaron a la isla.

Al llegar, se encontraron con un gran problema… Esta bendita isla llamada Pingüinolandia tiene una montaña enorme, en cuya cúspide se encuentra la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban para salvar al mundo). Y para este momento Agustín esta más que cansado, esta exhausto. No puede seguir. Empezó a llorar desesperado pues sabía que no podría seguir adelante, no quería quedarse solo ahí, y no podía subir la montaña. Entonces Alejandro volteó con él y le dijo (si, otra vez): “Tranquilo pingüinito, todo está bajo control”. Lo echó sobre su espalda, lo llevó de camachito, y empezó a cantar (con su hermano menor a cuestas) “A la montaña mas alta yo subiré… yo subiré cantando, yo cantaré” (La canción me suena conocida, pero sigo sin explicarme como unos pingüinos la conocían, pero en fin). Pues después de un rato de cantar y subir (a la montaña mas alta) llegaron a la cúspide. Encontraron un recoveco donde estaba, brillando, hermosa, la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban para salvar al mundo).

La tomaron, la pusieron en la mochila (porque si, los pingüinos del polo sur, a veces usan mochila), bajaron de la montaña tan pronto como pudieron; cruzaron de regreso a nado el mar que se encuentra (inexplicablemente) al sur de la Antártida; marcharon con la tormenta de nieve de regreso; cruzaron el lago congelado con sumo cuidado; atravesaron el puente colgante que tenia abajo un rio de lava, llegaron a su tribu pingüina, y encontraron a todos los pingüinos preocupados por ellos y porque (seguro lo mencioné) el mundo estaba a punto de acabarse.

La tribu los miró, extrañados, como quien piensa que ya no hay solución para la tragedia que se avecina, cuando de pronto Alejandro y Agustín al unísono les dijeron: “Tranquilos pingüinitos, todo está bajo control”. De pronto Alejandro tomo su mochila (¿mencioné que traían mochila?) y sacó la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban pasa salvar al mundo). La multitud salto de alegría, algunos cantaron y los de la esquina que estaban mas lejos gritaron sin saber exactamente porque. La esperanza del mundo había regresado, gracias a estos dos pingüinitos que habían emprendido la aventura de sus vidas, en busca de la joya pingüina (que es una joya verde brillante que necesitaban pasa salvar al mundo).

=)

Hugo A.

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