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El verdadero maestro

El verdadero maestro

“Nuestro profesor no nos ama, solo quiere enseñar”, afirmó un niño. En mis primeros años como docente no sabía que lo esencial para enseñar era amar a los niños y en este sentido me asemejaba a los fariseos, pues ellos desconocían la vida eterna que daba el Señor, a pesar de estudiar la Palabra todos los días. Por eso, la expresión de aquel pequeño derrumbó mi noción sobre la escuela dominical, y supe que enseñar es amar.

Entonces, comencé a amar a mis alumnos. Mejor dicho, hice todo lo posible para amarlos. Donde estuvieran ellos, me metía. Si jugaban al baloncesto, jugaba con ellos; si se iban a comer, comía con ellos; si se iban a jugar a los videojuegos, yo iba también. Todo porque quería verlos, aunque fiera una vez mas. Y ellos siempre me decían cosas como “¿Nos va a seguir hasta a los videojuegos? Por favor, no nos avergüence”. Yo, que era maestro de la escuela dominical de una pequeña iglesia, seguía a mis discípulos a todos lados y hacía lo que fuera por ellos. No lo hacía con mi propia fuerza, sino que era Dios quien lo hacía posible. De este modo, pasé veinte años buscando solo la transformación de los niños, sirviendo en la Iglesia. Hoy, puedo ver los frutos del esfuerzo de haberlos amado honestamente con el amor de Cristo, pues todos ellos se cinvirtieron en adultos con una fe madura.

Este cambio en los niños se da a través de la gracia de Dios, por medio del amor de quien enseña. Un verdadero maestro es aquel que habla la verdad en el amor.

Maestros, no enseñen. Kim In-hwan.