Perpetua fue una joven rica de la ciudad de Cartago, que junto a su acaudalada familia se convirtieron al cristianismo a través de la predicación de un diácono llamado Sáturo, alrededor del año 202 d.C. En una época en que ser cristiano podía costarte la vida, la familia entera siguió a Jesucristo. Repentinamente el emperador Severo ordenó una persecución contra los creyentes, y la familia de Perpetua fue arrestada. La historia cuenta el martirio de Perpetua, junto a Felicitas, su criada, quien creyó en Jesucristo al mismo tiempo que ella. Tras intentar convencerlas de abandonar su fe para volver al paganismo, ambas se rehusaron, y fueron martirizadas y asesinadas.

La historia de Perpetua y Felicitas nos habla de algo determinante: la importancia de una amistad santa. El refrán dice (sabiamente) “dime con quien andas, y te diré quien eres”. No es bíblico, pero es cierto: nuestras amistades definen en buena medida nuestro estilo de vida; el gran problema de muchos cristianos es que tratamos de seguir a Cristo en la soledad, en medio de un mar de influencias mundanas, del cual no podemos salir, pero al cual podemos enfrentar en compañía de nuestros hermanos en la fe.

“El amigo ha de mostrarse amigo” dice el proverbio; el mundo puede ser vencido con la ayuda del Espíritu Santo en nuestras vidas, y con la compañía de nuestros hermanos en la fe, nuestros amigos santos. Debo buscar amistades santas, y debo ser un amigo santo. En el tiempo de Wesley les llamaban “el club de los santos”; puede ser tu célula, el discipulado, algún ministerio; cualquier lugar donde puedas edificar relaciones santas, marcaran la diferencia en tu vida y tu madurez espiritual.

Pastor Hugo